viernes, 24 de abril de 2020

UN NUEVO VIAJE DE GALATEA








LA ISLA DE LOS INSECTOS



                         En el Océano Pacífico hay una isla que parece crecer en medio del inmenso azul verdoso sin la ayuda de nadie, como una planta solitaria en un espacio abierto donde cabrían muchas más. En sí. la isla no tiene gran atractivo, parece una herradura formada por rocas enormes apenas cubiertas de follaje en algunas partes altas junto a una curiosa mezcla de blancos, grises y negros en las áreas descubiertas. En las partes bajas de la isla la flora crece por tramos en un lado. La mezcla de verdes y rojos apenas sobre pasa el metro y medio de altura, luciendo llamativas flores de muy variadas especies.El hombre siempre nombrabdo las cosas que lo rodean les han dado llamativos nombres para reconocerlas, así nos encontramos con las  Ave del Paraíso, Flores Dragón, Flor de Predador, Frangipanis, Gustavias y tantas más. Todas floreciendo tranquilas en medio de helechos frondosos, plantas con hojas largas y afiladas o pequeñas y redondeadas, algunas con bordes acerrados otras con bordes lisos como navajas. En el otro brazo de la herradura hay una espesa selva. Parece un mundo aparte, misterioso y salvaje aún desconocido por el hombre. Aún resguardado de su mano destructora.

                    Si... la isla en sí no parece muy diferente a otras que he visto durante mis viajes ocasionales salvo que está ubicada en medio de una zona climática muy especial, que le permite mantener armónicamente una amplia colección de microclímas. El por qué me interesó este lugar en particular aún es un misterio hasta para mí. La isla fue mencionada en un artículo de revista, ya no recuerdo en cual. En dicho artículo mencionaba su forma particular, su vegetación única y las formaciones rocosas exaltando su composición exclusiva de minerales imposibles de encontrar en ninguna otra parte. Algo místico me llamó a ese lugar. Un viaje de dos o tres días pensé hasta que la rueda de la fortuna decidió jugar conmigo nuevamente, esta vez llevándome por un camino entre la realidad y la fantasía.  Salí de mi apartamento en la ciudad el viernes siguiente de haber leído el citado artículo, estaba dispuesta a conocer el lugar, mi hermanastro ahora de dieciséis años prefierió pasar la semana de descanso en casa de su mejor amigo. Siempre he pensado que extraña el ambiente familiar, sobre todo después de la muerte del abuelo el año anterior. Nuestra relación cordial por lo general a últimas fechas se ha vuelto volátil. Algo que quisiera remediar. 

                     La agencia de viajes ubica la isla cerca de un archipiélago en Indonesia, las reservas fueron hechas, el equipaje embalado y todos los detalles resueltos. Partí a mi aventura pensando que sería un simple viaje a una isla, tomaría algunas fotos y terminaría el paseo comprando algunos souvenirs para regresar el lunes siguiente a mi vida en la ciudad.

                     La primera parada fue en el aeropuerto de Yakarta el viernes en la noche, no recuerdo bien la hora pero no era un problema gracias a la eficiencia del programa ya previsto. En la mañana del sábado salimos puntuales a las ocho y tanto, abordo de un bote turístico para diez pasajeros. Nuestra llegada a la isla marcaba las diez de la mañana en el reloj. Desembarcamos en un muelle de madera justo en el centro interior de la herradura, donde el agua parece mucho más clara y calma que en el resto del océano. Caminamos por el trecho de cuatro metros de largo por uno y medio de ancho cargando solamente una mochila por persona, un par de camaras de video profesionales, cámaras fotográficas y cuatro cantimploras de agua limpia. 

--- Bienvenidos a la Isla de los Insectos --- dijo nuestro guía, un nativo de tez muy bronceada y con un amplio arsenal de lenguajes hablados incluidos los nuestros. 

--- Esta isla es muy visitada por científicos... muy famosa --- decía mientras nos agrupabamos en la impecable playa esperando que los últimos pasajeros descendieran del muelle y se reunieran por fin al grupo.

                   La explicación de porque la llamaban así vino  en forma de una amplísima descripción de la fauna local compuesta por las más curiosas especies de insectos. Escarabajos de tres tamaños diferentes, mariposas tan coloridas que muchas de ellas aún no están clasificadas, arañas, libélulas gigantes, insectos palo de treinta centímetros, gusanos, mariquitas azules y verdes, esperanzas y muchos más. Nuestro guía nos lleva por una pequeña calle hecha para el turismo y nos advierte que no es seguro salirse debido la posibilidad de ser picado por alguna de las especies venenosas de la isla. Hay muchas nos dice y le creemos.  En el viaje había un viejo profesor de Entomología, no necesito explicar que se encontraba en el paraíso, un par de ancianas que trataban de pasar por aventureras aunque era obvio que morían de miedo, un par de alpinistas de veinti tantos y treinta y tantos años además de nuestro guía. Todo iba bien durante el viaje, tuvimos la oportunidad de comer y hacer algo de alpinismo en una de las montañas lo que me permitió ver la totalidad de la isla desde una buena altura. Desde la punta de la montaña, en su parte más alta la vista ofrecida es espectacular. . Fue ahí cuando noté que al otro lado, el lado opuesto al que estábamos la vegetación no solo es más extensa y frondosa, también está envuelta por una bruma misteriosa que parece proteger ese extremo de los ojos humanos. El guía nos aseguró que no era seguro ir ahí, la fauna y la flora no solo es más grande, dijo, es mucho más agresiva y peligrosa. Todos tomamos su palabra como abvertencia.   

                        Ya nos disponíamos a regresar cuando nuestro guía pidió tiempo para hacer una necesidad personal, lo esperamos por unos minutos. Cuando a los dos alpinistas se les hizo demasiado tiempo emoezamos a preocuparnos. ---Vayamos caminando hacía el muelle --- dijeron al grupo. Creimos que sería una buena idea hacerlo, a pocos metros de llegar nos dimos cuenta de que estábamos atrapados, el bote había desaparecido, robado mientras dábamos la vuelta por la isla, o al menos eso creímos. Fue una de las ancianas llamada Clarissa quien se percató de que muchos de los objetos de valor habían desaparecido tambien. La realidad nos golpeó de lleno, éramos seis personas a la deriva, abandonados en una isla que podría ser mortal si no teníamos cuidado. Encima era difícil saber cuánto tiempo pasaría antes de que otra excursión se presentara allí. Tuve en ese momento un flash back sobre aquel viaje por el Río Macondo, cuando mi madre y mi padrastro fueron asesinados, en esa ocasión mi hermanastro y yo no pasamos demasiado tiempo solos sin embargo fue una situación tan estresante como esta. Un tiempo en que no sabes que hacer y no puedes hacer mucho salvo esperar. Las ancianas lloraban, el viejo entomólogo se aseguró de revisar que no hubiese algún insecto venenoso cerca de donde estábamos y los dos alpinistas trataban de montar un campamento para pasar la noche.

                    Eran las cinco de la tarde, empezaba a oscurecer y los insectos parecieron hacerse más grandes aún de lo que eran. Los escuchamos correr y cantar en una frenética danza donde presa y predador siguen sus pasos según el ritmo que la orquesta de la supervivencia marqua, vimos pequeñas luces de luciérnagas brillar, los grillos podrían habernos enloquecido rápidamente de no haber tantas arañas y mantis religiosas al acecho. Ninguno de nosotros pegó los ojos. Nuestro entomólogo dejó una suerte de grabadora en marcha para poder recordar esta experiencia, incluso podría escribir un libro gracias a los especímenes muertos que había recogido, los sonidos grabados y las muestras de cascarones vacíos de pupas y larvas. Todo iba en una caja de plástico bien separado en bolsas, protegido por supuesto por una tapa hermética. A su edad se aprende a ser más astuto, la grabadora era una vieja casetera que llevaba escondida y tenía tan poco de valor encima que casi fue el único que salió indemne del robo. Las ancianas y los dos alpinistas no tenían buen humor por la falta de buen sueño. Yo trataba de mantener la calma rogando que alguien se preocupara por nosotros. Las horas pasaban, no había trazas de haber alguna embarcación cercana o algún aeroplano pasar por ahí. Casi al medio día del domingo uno de los alpinistas y yo tomamos el camino hacia el otro lado de la isla, donde la vegetación era más frondosa. Íbamos solo nosotros dos porque era más seguro que los demás se quedaran en el muelle. Al rato de atravesar algo de selva tupida nos encontramos con un camino limpio y transitado. Siguiéndolo llegamos a un caserío de pescadores. No eran más que unas pocas casas pero el jefe del lugar tenía lo que a nuestro parecer era el objeto más valioso y útil de todo el planeta. Un pequeño Radio de onda media, al explicarle la situación no tuvo problema en enviar a algunos hombres a recoger a los demás turistas, tampoco fue un problema montarnos en una embarcación pesquera para llevarnos a una de las islas cercanas donde con más recursos pudieron acercarnos a una de las islas con puerto. Llegamos a salvo a nuestros hoteles el domingo en la noche. Curioso que durmiera como un bebe solo por tres horas, el resto del tiempo lo pasé registrando esta aventura en un cuaderno comprado en la tiendita del hotel.

                        A la mañana siguiente estaba lista para recoger mi equipaje cuando un oficial de policía local trajo una bolsa con mi teléfono celular, las tarjetas que el ladrón creyó tenían dinero y mi reloj, un Invicta de buena calidad. Me alegré de recuperar al menos eso. Agradecí la devolución de mis cosas y el ser lo suficientemente prevenida como para pagar por adelantado la estadía en el hotel para no llevar demasiado dinero encima.

                 Regresé a casa exausta, adolorida y alterada, solo para ser recibida por mi hermanastro en plena fiesta, que había organizado cuando yo no estaba.

                           







martes, 31 de marzo de 2020

LAS AVES FÉNIX

 De las antiguas historias narradas a los niños durante las noches de fogata.









                               Cuenta una leyenda que un día hace ya muchos eones una bola de fuego hizo brillar el cielo estrellándose en lo más alto de la Montaña Prohibida, por varios años las llamas fueron vistas desde muchos kilómetros a la redonda hasta que un día solo una columna de humo blanco señalaba el punto exacto de la colisión de la bola de fuego que cayó del cielo.  Después de eso cada cierta cantidad de años el fuego es visto nuevamente y varios años después es la columna de humo blanco ocupando su lugar.  Nadie sabe porque, en el Valle Encantado todos especulan, hacen preguntas y formulan teorías, pero nadie, absolutamente nadie se atreve a ir hasta el punto más alto de esa montaña.


    En la Montaña, cientos de eones atrás


                             El primer Fénix descendió envuelto en llamas, aún era un huevo en ese entonces pero ya instintivamente sabía cómo sobrevivir. Todos los Fénix nacen solos, de un único huevo a la vez, protegido por las llamas que lo envuelven y lo mantienen caliente. Para eso necesitan estar a muchos grados de temperatura, por lo que ninguna persona puede poseer uno ya que nadie puede acercarse a ellos.

                           Al nacer las llamas que los envuelven son de un intenso color rojo brillante, conforme crecen cambian a naranja y al morir son azules. Antes de que sus llamas se extingan por completo cada ave pone un único huevo que surge envuelto en llamas. Al nacer cada Fénix es algo rechoncho, con las plumas de su cola muy cortas, luego al crecer esas plumas alcanzan casi el triple del tamaño de su cuerpo el cual puede llegar a medir hasta el metro y medio de longitud. Sus alas también crecen hasta lograr casi dos metros de punta a punta. Son aves impresionantes y muy inteligentes. Sus vidas son muy largas, cada ave puede llegar a tener hasta mil años de edad antes de renacer.  Al morir se convierten en cenizas dejando solo una columna de humo blanco en su lugar. Curiosamente ese no es el final para ellas, de esas cenizas suele surgir un nuevo Fénix, para reiniciar su ciclo de vida nuevamente.

                            Hoy en día se cree que en la Montaña Prohibida puede existir una población de al menos cien de estas aves, las cuales están protegidas por las leyes mágicas naturales además de ser literalmente inalcanzables.


                        















domingo, 22 de marzo de 2020

RETO RAYBRADBURY / SEMANA 12










                Danita siempre deseo poder viajar a las Distantes estrellas, así podría ver la oscuridad infinita ante ella, las brillantes lunas y los coloridos planetas. Danita soñaba con viajar  y tal vez si tenía suerte podría cabalgar sobre algún cometa que anduviera perdido por ahí. Danita soñaba convencida de que jamás podría viajar a donde ella quería, era solo un sueño, nada más. En la mañana se levanta apresurada, debía estar lista para el trabajo, tomar el tranvía de las siete que siempre viajaba lleno y bajarse con muchas dificultades en la estación veintisiete  donde una carrera corta la lleva directo al puesto de flores que atiende, un quiosco de hierro ornamentado y cristal que ella mantenía en optimas consiciones, conveniente mente ubicado en la zona empresarial. Allí vendía margaritas, claveles, prudencias, rosas, bellas gradiolas y orquídeas brillantes, todas acomodadas en barriles con agua para mantenerlas frescas durante el día. Sus flores se vendían bien ya que era el único puesto en la zona, donde constantemente alguna secretaria recibía alguna de obsequio.

                   Danita cerraba su puesto a las seis, hacía inventario, hacía caja y pasaba por el cajero bancario donde en un sobre depositaba diariamente las ganancias del día. Cada dos días surtía de flores frescas compradas en el mercado de abastos. A fin de mes retiraba la renta del local y del apartamento, pagaba los servicios de ambos y hacía el mercado para su departamento. Danita nunca  miraba su cuenta de ahorros, tampoco la cuenta corriente de su local, pues mientras hubiera dinero para mantener su rutina no le preocupaba mucho más. No las joyas en los aparadores ni los zapatos de tacón que jamás podría manejar. Tampoco necesitaba aquel abrigo de piel que anunciaban como auténtico. Su atuendo consistía en un pantalón negro y una blusa de corte simple, unos cómodos balerines en sus pies y una bufanda estampada en azul con motivos marinos cubriendo su cabellera castaña. En invierno un abrigo grueso, un par de guantes y una bufanda de su abuela le permitían llegar a su puesto cada día. En resumen era una mujer de edad indeterminada, de apariencia transparente y de voz suave. Nadie reparaba en ella y a nadie le importaría si desapareciera un día de tantos.

                    Cierto día un hombre extraño caminaba sobre la acera donde los altos edificios de oficinas tocaban el cielo o al menos parecían hacerlo. No pensaba en nada particularmente, solo caminar para tomar el aire fresco de la mañana ventosa y poco nublada. Al rato de andar miró la figura de Danita que atendía a una pareja mientras compraban un bello ramo de flores amarillas para una compañera de trabajo, uno de esos que solía preparar para alguna secretaria que debía retirarse para darle lugar a alguién más joven y menos capaz. No era nada personal, simplemente así funciona la vida, los más viejos se hacen a un lado y punto. El hombre se sintió intrigado por la manera en que Danita se movía, casi flotando entre las flores, se sentó en un café cercano solo para mirarla sin que ella lo supiera y sin darse cuenta pasó allí casi tres horas. Solo despertó de su ensoñación cuando una luz en su muñeca pulsó para recordarle que debía cumplir con un trabajo y era hora de ponerse en marcha. Miró una última vez a Danita que cerraba su quisco pasadas las seis de la tarde y se marchó sin decir palabra alguna.

              
                       Danita sintió todo la tarde una mirada calida sobre sí, era una sensación nueva que la mantuvo distraída  y cálida a la vez. Cuando llegó a casa se preparó una cena ligera y comío en silencio como siempre hacía. Vivía sola, no tenía mascotas o amigos a quienes llamar. Al día siguiente fue a trabajar como siempre pero había algo extraño en el aire, aquella sensación de ser observaba, pero no era una sensación atemorizante, era más bien agradable casi de admiración. Mentalmente se preguntaba si se había vuelto loca y siguió trabajando.  Así se sucedieron varios días hasta que por fin un hombre de tez blanca entró en su local, vestido con vaqueros desteñidos y camisa blanca, inspiraba un aire de mucha seguridad y su olor era casi afrodisiaco para la ingenua Danita. Por su parte el extraño la miró y supo entonces que debía ser la indicada, sin lugar a dudas era ella a quien vino a buscar. La luz en su muñeca parpadeaba sin parar y sin decir una palabra esa luz se hizo cada vez más cegadora creciendo hasta envolverlos a los dos. Luego sin emitir un solo sonido o lanzar alguna alarma entre los transeúntes de la calle que parecían no notar nada ambos desaparecieron en el aire.

                       La policía llegó al local de flores a investigar lo que había pasado con la vendedora, al no haber rastros de violencia alguna asumieron que simlemente se había marchado igual que otros siete casos en toda la ciudad, en todos gente solitaria, tímida y silenciosa.  ----¿Quién sabe?--- dijo uno de los patrulleros ---- posiblemente se los han llevado los extraterrestres para algún experimento o algo así--- terminó diciendo con una sonrisa burlona mientras su compañero lo miraba entre irónico y burlón.