viernes, 17 de mayo de 2019

PRÓLOGO





 

                 En una tumba de piedra el cuerpo de la mujer yace en silencio, nada hay que decir, nada hay por reprochar, solo el frío mineral para atestiguar que el mal se quedará allí, purgando por la eternidad cada acción cometida en vida.  De pie junto a la tumba sin nombre un hombre pálido y enfermo vela el austero sepulcro, es lo único que le fue permitido. Encadenado se despide de la que fuera su mujer y su condena. Los guardias tiran de él, es hora de partir a su destino. 

                 Para esa misma tarde su cuerpo descansará en una tumba igual justo al lado de esta. Nadie lo despedirá, nadie sufrirá por su partida; es un hombre marcado por todos, repudiado y maldecido. Su peor crimen fue seguirla a ciegas, obedecerla en todo. Después de eso aceptar su castigo sin quejarse fue casi un alivio, un brevísimo descanso en la tormenta que es su alma en ese momento. 

              Su ejecución se llevaría a cabo en minutos, el aceptar su destino con docilidad, casi con resignación fue el equivalente a confesar. Las Siete sabias dictaron su sentencia con pesar, pensando en que hubiese sido diferente su sino de no haberse cruzado en su camino el demonio que lo llevó a su perdición. De ella era la culpa, pero las consecuencias las pagarían todos.

               La soga en su cuello está apretada, el ejecutor ajusta el nudo después de verlo tragar con fuerza. Sin capucha  pues todos quieren ver su rostro al morir del mismo modo que vieron el de ella. La caída de su cuerpo al vacío produce un feo chasquido y su cuerpo se balancea hasta detenerse totalmente. El silencio se extiende por el patio de ejecuciones. Una lágrima corre por su mejilla y su lengua cuelga de su boca formando una mueca desagradable.  Con todo finalizado su cadáver es retirado para depositarlo en el lugar convenido. 


               El pueblo ha recibido su justicia.













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