jueves, 27 de febrero de 2020

LOS VIAJES DE GALATEA

Nuevo Proyecto...



                  Libro de relatos ficticios de una mujer llamada Galatea, personaje mitológico de la cultura griega. Aún no me está claro cuantos relatos habrá en total, pero todos tendrán como tema principal algún viaje efectuado por la personaje principal Galatea Colonomos. De ella les hablaré más adelante.









VIAJE A TRAVÉS DEL RÍO MACONDO


                

                    Hace aproximada mente cinco años y una semana mi padrastro nos sorprendió a todos con un viaje, fue realmente una sorpresa pues mi madre y él no habían estado en los mejores términos últimamente, a mi hermanastro parecía que le daba igual ir o venir. Mi madre aún con renuencia aceptó el paseo familiar, así que empacamos y dejamos que el cabeza de familia hiciera su voluntad. Llegamos al aeropuerto a las ocho de la mañana y media hora después de eso ya estábamos en el aire rumbo a lo desconocido. 

                       Llegamos a bordo de una avioneta bimotor a un pequeño poblado llamado Ariaca, donde inicia el Gran Río Macondo, una vez allí mi padrastro contrató una lancha para continuar el trayecto río abajo, hacía el puerto de Malé en la ciudad de Jebel Alí, nuestro destino final. Salimos del pequeño puerto a media mañana. Las gentes del lugar iban y venían entre las construcciones de madera y paja, sorteando el calor sofocante y el sol quemante vestidos con telas coloridas muy ligeras; los tambores sonaban a la distancia, pero no anunciaban un carnaval si no nuestra presencia a los asentamientos indígenas a lo largo del río. Entre las gentes toscas de piel oscura sobresalían  nuestras vestimentas finas y las dentaduras prístinas, nuestros cabellos cortos o recogidos y las mochilas Totto compradas en un Waltmark de la ciudad.

                        La lancha llamada Divina Gracia perteneciente al Capitán Gaviero era la mejor embarcación de la zona, aún así no pasaba de una bañera de madera con medio toldo de tela plástica en azul desteñido y un motor que parecía agonizar por alguna larga y terrible enfermedad. Salimos río abajo en medio de la efusiva despedida de las gentes de Ariaca, sus risas incierta mente fuertes me helaron la piel. Tuve un mal presentimiento en ese momento, una sensación rara que no cesó en todo el recorrido hasta llegar a bifurcación donde todo pasó.  Para entonces los tambores habían cambiado su ritmo, el Capitán Gaviero nos aseguró que no había nada que temer pero se equivocaba. El serpenteante camino de agua se encuentra flanqueado por la selva espesa y toda ella es casi tan ruidosa como el motor que pedía con urgencia un cambio de oxigeno o una jubilación inmediata. Las cabezas negras con ojos enormes nos miraban desde los árboles en silencio. Traté de seguir ignorando la sensación en mi estómago pero no podía hacerlo. Mi padrastro hablaba con el capitán que había detenido el bote para que tomáramos algunas fotografías, mi hermanastro seguía sumergido en su vídeo juego y mi madre dormitaba en el asiento. Llegando a la bifurcación donde el Río Macondo se conecta con el Mutis los indígenas ocultos en la orilla dejaron de esperar. La primera flecha corta dio en el lado derecho del casco del barco, la segunda se quedó en el toldo. Luego de las flechas los dardos empezaron a llover, uno dio en mi madre, otro en el capitán y casi de inmediato dos en mi padrastro.

                           Mi hermanastro y yo nos agachamos esperando que no tuvieran blanco en nosotros. El chico de nueve años temblaba con los ojos muy abiertos, yo siendo mayor solo podía esperar que el barco continuara con la corriente el tiempo suficiente para alejarnos pero los indígenas se acercaban en sus canoas planas para tomar su botín. En ese momento y ya presintiendo un destino aún peor me armé de valor y arrastré a mi hermanastro con migo hasta el timón de la embarcación colocado discretamente en una casuchita de madera al frente del bote. Nos encerramos ahí el tiempo suficiente como para evitar los otros dardos que nos lanzaban. Moví la llave para encender el motor de nuevo y tomé el control haciéndolo avanzar a todo lo que daba. Seguimos así por dos horas poco más o menos, el motor por fin falleció en medio de mucho humo negro y estertores violentos. No podíamos seguir el viaje en él y no podíamos bajarnos porque sería entrar en la selva directa mente. Esperamos hasta que se impuso la noche, luego la mañana y el medio día tras ella. Casi era la noche nuevamente cuando una embarcación militar dio con nosotros. Mi hermanastro dormía en el suelo acomodado sobre unas cajas, yo en cambio me mantenía vigilante, temerosa de ser alcanzados o descubiertos por nuestros atacantes. Dos uniformados abordaron, tras ellos uno más con un par de insignias rojas que lo identificaban como el de las órdenes; nos recogieron antes de llevarse los cuerpos de los adultos remolcados dentro de la lancha.

                  Estuvimos casi una semana en la estación militar, mi hermanastro se me pegó como un chicle al zapato, no me dejaba ni a sol ni sombra, lo agradecí ya que una chica adolescente entre ocho hombres solos no es buena idea. Pasamos la mayor parte del tiempo encerrados en la oficina del Sargento al mando, hasta que dos oficiales de la ciudad nos recogieron en una lancha militar. No nos interrogaron, de hecho no hicieron pregunta alguna, como si fuera algo que ya hubieran visto muchas veces antes. Nosotros tampoco preguntamos nada ni antes ni después de que nos trajeran al puerto de Malé, donde un policía acompañaba a una mujer de traje que nos llevó directo a unas oficinas. Fue amable y mi hermanastro agradeció la comida que devoró en segundos. Yo miraba al vacío cuando otra mujer nos llevó al aeropuerto y nos puso de regreso en un vuelo directo hacia Santa Catalina, donde mi abuelo nos recibió a ambos. Mi hermanastro no tenía más familia así que se quedó con nosotros. Nos mudamos ese mismo día a su casa.

                  Han pasado cinco años. Mi abuelo ha enfermado mucho por lo que me he hecho cargo de su negocio y de la tutela del chico. Yo tengo veinte años recién cumplidos y mi hermanastro cumplirá catorce en un par de semanas. Nos llevamos bien, siempre fue así, pero el viaje nos acercó muchísimo más, tanto que somos inseparables en la medida que su nueva novia lo permite. El abuelo nunca ha sido cariñoso pero era respetuoso.  Nuestra casa fue rentada a una familia después de lo sucedido y el dinero se ha acumulado en una cuenta bancaria a mi nombre. El abuelo decía que así pagará mi universidad y posible mente la de mi hermanastro. La vida sigue para todos.









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