domingo, 22 de marzo de 2020

RETO RAYBRADBURY / SEMANA 12










                Danita siempre deseo poder viajar a las Distantes estrellas, así podría ver la oscuridad infinita ante ella, las brillantes lunas y los coloridos planetas. Danita soñaba con viajar  y tal vez si tenía suerte podría cabalgar sobre algún cometa que anduviera perdido por ahí. Danita soñaba convencida de que jamás podría viajar a donde ella quería, era solo un sueño, nada más. En la mañana se levanta apresurada, debía estar lista para el trabajo, tomar el tranvía de las siete que siempre viajaba lleno y bajarse con muchas dificultades en la estación veintisiete  donde una carrera corta la lleva directo al puesto de flores que atiende, un quiosco de hierro ornamentado y cristal que ella mantenía en optimas consiciones, conveniente mente ubicado en la zona empresarial. Allí vendía margaritas, claveles, prudencias, rosas, bellas gradiolas y orquídeas brillantes, todas acomodadas en barriles con agua para mantenerlas frescas durante el día. Sus flores se vendían bien ya que era el único puesto en la zona, donde constantemente alguna secretaria recibía alguna de obsequio.

                   Danita cerraba su puesto a las seis, hacía inventario, hacía caja y pasaba por el cajero bancario donde en un sobre depositaba diariamente las ganancias del día. Cada dos días surtía de flores frescas compradas en el mercado de abastos. A fin de mes retiraba la renta del local y del apartamento, pagaba los servicios de ambos y hacía el mercado para su departamento. Danita nunca  miraba su cuenta de ahorros, tampoco la cuenta corriente de su local, pues mientras hubiera dinero para mantener su rutina no le preocupaba mucho más. No las joyas en los aparadores ni los zapatos de tacón que jamás podría manejar. Tampoco necesitaba aquel abrigo de piel que anunciaban como auténtico. Su atuendo consistía en un pantalón negro y una blusa de corte simple, unos cómodos balerines en sus pies y una bufanda estampada en azul con motivos marinos cubriendo su cabellera castaña. En invierno un abrigo grueso, un par de guantes y una bufanda de su abuela le permitían llegar a su puesto cada día. En resumen era una mujer de edad indeterminada, de apariencia transparente y de voz suave. Nadie reparaba en ella y a nadie le importaría si desapareciera un día de tantos.

                    Cierto día un hombre extraño caminaba sobre la acera donde los altos edificios de oficinas tocaban el cielo o al menos parecían hacerlo. No pensaba en nada particularmente, solo caminar para tomar el aire fresco de la mañana ventosa y poco nublada. Al rato de andar miró la figura de Danita que atendía a una pareja mientras compraban un bello ramo de flores amarillas para una compañera de trabajo, uno de esos que solía preparar para alguna secretaria que debía retirarse para darle lugar a alguién más joven y menos capaz. No era nada personal, simplemente así funciona la vida, los más viejos se hacen a un lado y punto. El hombre se sintió intrigado por la manera en que Danita se movía, casi flotando entre las flores, se sentó en un café cercano solo para mirarla sin que ella lo supiera y sin darse cuenta pasó allí casi tres horas. Solo despertó de su ensoñación cuando una luz en su muñeca pulsó para recordarle que debía cumplir con un trabajo y era hora de ponerse en marcha. Miró una última vez a Danita que cerraba su quisco pasadas las seis de la tarde y se marchó sin decir palabra alguna.

              
                       Danita sintió todo la tarde una mirada calida sobre sí, era una sensación nueva que la mantuvo distraída  y cálida a la vez. Cuando llegó a casa se preparó una cena ligera y comío en silencio como siempre hacía. Vivía sola, no tenía mascotas o amigos a quienes llamar. Al día siguiente fue a trabajar como siempre pero había algo extraño en el aire, aquella sensación de ser observaba, pero no era una sensación atemorizante, era más bien agradable casi de admiración. Mentalmente se preguntaba si se había vuelto loca y siguió trabajando.  Así se sucedieron varios días hasta que por fin un hombre de tez blanca entró en su local, vestido con vaqueros desteñidos y camisa blanca, inspiraba un aire de mucha seguridad y su olor era casi afrodisiaco para la ingenua Danita. Por su parte el extraño la miró y supo entonces que debía ser la indicada, sin lugar a dudas era ella a quien vino a buscar. La luz en su muñeca parpadeaba sin parar y sin decir una palabra esa luz se hizo cada vez más cegadora creciendo hasta envolverlos a los dos. Luego sin emitir un solo sonido o lanzar alguna alarma entre los transeúntes de la calle que parecían no notar nada ambos desaparecieron en el aire.

                       La policía llegó al local de flores a investigar lo que había pasado con la vendedora, al no haber rastros de violencia alguna asumieron que simlemente se había marchado igual que otros siete casos en toda la ciudad, en todos gente solitaria, tímida y silenciosa.  ----¿Quién sabe?--- dijo uno de los patrulleros ---- posiblemente se los han llevado los extraterrestres para algún experimento o algo así--- terminó diciendo con una sonrisa burlona mientras su compañero lo miraba entre irónico y burlón.  
                     








                   




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